Historias

Llovió a media noche. Un agua cálida humedeció las aceras, las calles, las casas, y un vapor extraño subió entre las paredes. No había nadie afuera, ni siquiera los chiquillos que acostumbraban a vigilar por las hendijas de las ventanas, solo la patrulla de turno zanganeaba por la ciudad como un abejorro de panal. Dos hombres vestidos de amarillo, con pistolas ajustadasen las caderas, permanecían sentados dentro de un Oldsmobile, para no mojarse. El temporal de aquella noche, no parecía común.

Los policías conversaban en voz muy alta y el eco rebotaba contra los cristales. Estaban contentos y aún medio borrachos. La noche anterior festejaron hasta tarde en el cuartel, comimos como salvajes, le decía uno al otro, y tomamos hasta el cansancio, recordó el segundo. A pesar de eso aprendieron de memoria las palabras del General a las Fuerzas Armadas.

Repitieron entre ellos mismos: “…confiamos en los hombres que visten el glorioso uniforme, a los que sobra lealtad, disciplina, amor a Cuba, para cumplir a cabalidad…”. Luego rieron.

El 4 de septiembre de 1957 se cumplió otro aniversario del ascenso al poder de Batista y los guardias celebraron como lo merecía el jefe. “Los hombres que visten el glorioso uniforme”, redundaron, mientras descubrieron una sombra moviéndose a unos metros del auto. Una bicicleta se acercó velozmente y les pasó por el lado.

La Estación de Policía fue tomada por el pueblo cienfueguero / Foto: ArchivoComo una jauría de perros los dos guardias persiguieron al ciclista; le dieron alcance una cuadra más adelante. Lo interrogaron, mirándolo con ojos rabiosos, y entre la poca luz, lograron reconocerlo: era Totico, el revolucionario. Y tú qué haces a estas horas en la calle, le preguntaron, y Totico con voz firme respondió:

– Tengo la niña enferma y voy a buscar a un médico. ¿Es que eso también está prohibido?
Los policías hicieron un esfuerzo enorme y lo dejaron marcharse, el aspecto escuálido y pobretón del muchacho no los hizo desconfiar demasiado. Totico Aragonéssuspiró y pedaleó más fuerte. Aún llovía cuando terminó de citar a los jefes de las células para la toma de la Base Naval de Cayo Loco, organizada para dentro de tres horas.

LEGADO

“La muerte es esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano, que hay en todas las casas…”.Eliseo Diego.

Los tiros son como las olas: vienen con la marea y el viento, y hacen desaparecer la forma de la arena; y esta mañana, el Parque Martí, es todo un océano. La pólvora casi nubla la vista, también los ruidos y el desconcierto de la ciudad. Hay muchos hombres exigiendo armas, muchos.

A las puertas del Distrito Naval se congregan decenas de cienfuegueros que desesperados buscan un fusil. El cuadro es impresionante y los complotados del Movimiento 26 de Julioreparten cuanto armamento tienen en sus manos. Las municiones pasan entre los hombres como el agua misma se escurre en los cuerpos.

Entre ellos llega un lechero. Tiene los dedos pintados de blanco y un dolor terrible en la espalda por cargar toda la vida las cantinas de la leche, pero eso no le interesa. Con la misma ropa de todos los días, con la que recolectó centavos caminando errante por las calles de Cienfuegos, derribará, ahora, a todos los soldados batistianos que tenga en la mira.

Juan Suárez del Villar coloca las primeras cinco cápsulas en el arma, tan diestramente como si ordeñara una vaca o contara las pesetas del mes encima de la cama, luego mira al horizonte. Antes de incorporarse al resto de los combatientes, Juan dice:

– Tengo dos hembras y un varón, la más chiquita de meses. El futuro se lo lego yo. Lo he esperado hace mucho y esta oportunidad no me la pierdo.

Juan entra al parque con el fusil enfundado, piensa en los niños que a esa hora aún deben dormir en el cuarto; Juan piensa y dispara y carga y vuelve a disparar.

La bala que lo alcanza no lo hace sufrir demasiado. La sangre se apresura a teñir su ropa de lechero, pero Juan sonríe. Para esas alturas él ya sabe cuán seguro está su legado.

MI DISPARO

“No hay verdad más armada que la pura inocencia…”.

Juan Gelman.

Cuando cierras los ojos escuchas el estruendo una y otra vez. Se repite durante todas las noches, y tu cabeza reproduce la escena con tanta nitidez, que despiertas en la cama empapado de sudor. Las manos te tiemblan, como debieron hacerlo aquel día, pero de eso no te acuerdas muy bien, solo del disparo, y del rostro pálido del aquel soldado.

Eras apenas un niño. Y es verdad, jugabas en el barrio a ser un clandestino, y te pintabas la barba con carbón de la cocina sin que tu mamá te viera e ibas al parque a cazar esbirros y a pintar letreros por la ciudad. Quizá lo hiciste con inocencia, quizá no, eso tampoco lo recuerdas, desde aquel día, no recuerdas las cosas igual.

Casi tienes 70, pero el estruendo de la cabeza del oficial contra la acera, es un sonido que no puedes olvidar, un golpeteo que ha hecho eco en tu cabeza durante 55 años. También la sangre que salpicó la hendija de la ventana y la imagen moribunda del hombre en medio de la calle.

Estuviste llorando los años siguientes, pegado contra la almohada para que el sollozo no alarmara a tus padres, mordiendo el colchón y apretando los ojos para no abrirlos en medio de la oscuridad.

Aprendiste a disparar con tu padre, y te sentías muy orgulloso de tu destreza con la mirilla. Cientos de veces trajeron a casa algunos animaluchos que velaste durante horas en el bosque y después tu mamá los cocinaba con mucho placer. Comían felices y rezaban a un dios diferente y reían. Solo cuando tú ibas a dormir, tu padre continuaba haciendo las propagandas o limpiando las armas para el levantamiento.

No tienes claro cómo inició todo aquel día, el 5, tal vez tu memoria borró algunos detalles luego del disparo. Había mucho ruido y las patrullas corrían de un lado a otro de la ciudad. Escuchaste también los aviones, las sirenas, los gritos. Tu mamá te dijo que te calmaras, aunque eso tampoco lo recuerdas ahora, pero era imposible.

Entonces tomaste el riflecito y las balas y las colocaste dentro como antes. La ventana de tu casa, la de antes, aún tiene las manchas, la pintaron, pero aún las tiene y siempre que vas al parque y pasas por allí, te ves detrás de la hendija, con el rostro serio y la respiración entrecortada. Ves, con mucha claridad, el cañón del fusil y la bala destrozando la cabeza de un oficial.

ILUMINADA

“Siento llorar. Oigo llorar. / Si doy la espalda y me refugio / En algún cuerpo de mujer…”.Alexis Díaz-Pimienta.

Me fueron a buscar a la funeraria al amanecer del día 6 de septiembre de 1957. Los esbirros me dieron unos empujones que los sentí más en la conciencia que en el cuerpo, me montaron en un camión y en unos minutos estuve en el Parque Martí. Entramos primero a la jefatura de la Policía Nacional, luego al Colegio de San Lorenzo y después me recorrieron por cada una de las esquinas del parque. Apenas pude resistir la revoltura en el estómago. Los batistiano me gritaron: vamos, empieza a recoger toda esa mierda, luego señalaron un camión de la basura. ¿Mierda?

Había decenas de cuerpos amontonados unos encima de otros, llenos de sangre, de moretones, tenían la ropa destrozada y la mayoría estaban desnudos. Había algunos uniformes de marines hechos trizas y otras piezas estaban agujereadas, como si hubieran llovido disparos. Los cadáveres estaban sucios y entre los cuerpos se advertían hojas de árboles, papeles y pelos, lo que indicaba que los debieron arrastrar desde el lugar donde los torturaron.

Ellos me obligaron, a mí y a Bartolomé y a Julián, nos obligaron a recoger aquellos cadáveres y echarlos en el camión. Yo traté de no mezclar a ninguno con la basura que permanecía al final del carro, juro que traté, pero eran muchos y fue muy difícil. Apreté los dientes e intenté no mirar demasiado mientras tomaba a algunos por las manos y a otros por los pies, para colocarlos dentro. Fue espantoso.

El olor era insoportable, fue como si estuviéramos cenando con la muerte. Cuando ya había recogido a más de una docena, fue que la vi. Tenía un tiro en la cabeza y otro en el estómago, la blusa rasgada y la saya abierta desde el zíper hasta el dobladillo. Vi a Iluminada con el mismo rostro cándido de las maldades, con la ropita decente que se ponía cuando iba a enamorar, para que su novio se fijara en ella, le vi la sonrisa de por las mañanas y el color rojo de los labios. Fue como si un cuchillo me entrara por un costado.

Enseguida intenté salvarla, al menos a su memoria y me abalancé sobre los demás cuerpos para protegerla, como lo hice durante toda la vida con ella y con su madre, pero un culatazo de fusil me impidió hacerlo. Ellos no me dejaron. La muchachita, mi vecina, estaba muerta, asesinada.

Luego fuimos al cementerio. Detrás de nosotros continuaron llegando más carros con más cadáveres y tuvimos que tragar en seco y aguantar las burlas de los soldados y cavar fosas enormes. Los brazos me dolían y las manos, cada vez que el pico chocaba contra la tierra, pero debía continuar. Después nos ordenaron colocar todos los cuerpos dentro de la fosa, como si fueran excrementos.

Entonces, la voz de un sargento hizo que mis piernas se aflojaran como nunca antes. Quiso el muy desgraciado que buscáramos entre los muertos al hombre que tuviera el pene más desarrollado y que después colocáramos a Iluminada encima de él para enterrarla. Y pobre de ti viejo, si me la cambias de posición, me gritó.

Por suerte él no estaba mirando cuando eché las primeras palas de tierra sobre la fosa. Por suerte el esbirro no vio cuando moví de lugar a Iluminada.

(*) Basado en el libro “La luz que sube de tu nombre”, de Andrés García Suárez. (Melissa Cordero Novo)

Acerca de raisadevora

Soy Cubana, nacida en la ciudad oriental de Santiago de Cuba, desde hace 12 años vivo en la ciudad llamada La Perla del Sur, en la Provincia de Cienfuegos. Actualmente trabajo en el Telecentro Perlavisión, 36 años de trabajo dentro del sector periodístico aunque mi trabajo es de correctora y Web Máster de la página digital. Amo mi Patria y fiel a los principios de la Revolución, soy modesta, sencilla, y amante de la Paz, la Amistad y la Solidaridad
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